¿Y si estás cansado… de decidir?

Martina se quedó mirando su armario durante diez minutos.
Camisa blanca o azul. Jeans claros o pantalones negros.
Afuera llovía. Tenía una reunión en menos de una hora. Y ahí seguía: inmóvil, frustrada, con esa sensación pegajosa de estar cansada antes de haber hecho nada.

“No debería costarme tanto esto”, pensó. “Es solo elegir ropa.”
Pero no era “solo” eso.

Era la suma.
De los correos que había contestado antes de desayunar.
De si metía avena o yogur en el bowl.
De si escribía o no ese mensaje pendiente.
De si decía lo que pensaba o lo dejaba pasar.
De si tomaba café o té.

Eran apenas las 8 de la mañana y ya sentía que su cerebro había trabajado una jornada entera.
No por lo que hizo.
Por todo lo que tuvo que elegir.


El peso invisible de decidir

La mayoría de nosotros no se da cuenta.
Pero elegir —aunque sea algo pequeño— requiere energía.
Una energía que no es física, sino mental. Emocional. A veces incluso existencial.

La mente no distingue entre elegir una camiseta o responder un “¿te pasa algo?”.
Cada decisión activa mecanismos complejos: evaluación, comparación, proyección, anticipación del resultado, miedo al error, presión social.

Y eso, con el tiempo, desgasta. Mucho más de lo que creemos.


La trampa de la libertad

Vivimos en una época que nos vende la idea de que cuantas más opciones tenemos, más libres somos.
Y sí: poder elegir es un privilegio.
Pero también puede ser una carga.

Cuando todo está abierto, todo depende de ti.
Y cuando todo depende de ti, nada parece suficiente.
Cada decisión viene acompañada del eco de todas las otras que no tomaste.
¿Y si la otra habría sido mejor?
¿Y si me equivoco?
¿Y si no elijo lo que se espera?

Así, la libertad se convierte en una jaula invisible.
Una donde el cansancio no viene del hacer, sino del decidir.


¿Esto es normal?

Totalmente.
Es más común de lo que parece. Solo que pocos lo dicen.

Decir “estoy cansado de decidir” suena mal en una cultura que te empuja a tomar las riendas, tener metas claras, optimizar tu tiempo, elegir conscientemente todo: tu carrera, tu desayuno, tu identidad, tus palabras, tus emociones.

Pero hay días —muchos días— donde eso no fluye.
Donde cualquier decisión, incluso la más mínima, se siente como escalar una montaña.

No es flojera. No es indecisión.
Es fatiga de ser tú el que decide todo el tiempo.


¿Y ahora qué?

Nada.
Tal vez no hay que hacer nada con esto.
Solo darte cuenta.
Ponerle nombre.
Respirar cuando la cabeza te dice que deberías tenerlo todo claro.

Aceptar que hay momentos donde elegir cansa.
Y está bien.
No necesitas arreglarlo. Ni forzarte a hacerlo mejor.
Solo saber que no estás solo en esto.

Porque a veces, lo más reparador no es tomar una nueva decisión.
Es dejar de pelear con el cansancio que trae decidir.

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