Una historia cotidiana, una mirada desde la psicología, y ninguna solución mágica
A Pablo siempre le gustó escribir.
Lo hacía desde chico, en cuadernos desordenados que escondía en cajones. A veces eran poemas. A veces pensamientos. A veces solo palabras sueltas que parecían tener sentido entre ellas.
Pero últimamente, algo cambió.
Cada vez que se sentaba frente a la página, no salía nada.
Ni una línea. Ni un deseo. Ni siquiera una excusa.
No era solo que no escribía.
Era que ya no sabía bien qué le gustaba.
Ni qué necesitaba.
Ni qué quería.
Empezó a evitar los momentos a solas.
Como si estar con él mismo se hubiera vuelto incómodo.
¿Qué pasa cuando uno se siente lejos de sí?
No hablamos mucho de esto.
Pero muchas personas, en algún momento, sienten que están viviendo su vida en piloto automático.
Van al trabajo. Contestan mensajes. Cumplen lo que deben.
Y en apariencia, todo está bien.
Pero adentro, hay una especie de distancia extraña.
Como si estuvieras viendo tu vida en tercera persona.
Como si estuvieras presente pero desconectado.
No es tristeza.
No es ansiedad.
No es depresión (aunque pueden cruzarse).
Es más sutil.
Es esa sensación de mirar hacia adentro y no encontrar tanto.
La desconexión no siempre es un problema
Desde la psicología, esto se puede asociar con lo que algunos autores llaman disociación leve: momentos en los que la mente se “desengancha” un poco de la experiencia emocional para protegerse del cansancio, del exceso de estímulos o de la sobrecarga constante de exigencias.
No es una enfermedad.
No es un error.
Es una especie de modo de ahorro de energía emocional.
Pero cuando se vuelve permanente, cuando ya no recordás qué te entusiasma, qué te calma, qué te mueve, entonces empieza a doler.
No siempre hay una causa clara
A veces es un duelo no asumido.
A veces, la acumulación de años siendo lo que otros necesitaban que seas.
A veces es simplemente cansancio profundo.
A veces, ni siquiera sabés por qué.
Y eso también confunde. Porque no podés arreglar lo que no entendés.
Y en el mundo actual, si no estás “alineado contigo mismo”, pareciera que estás fallando.
Estar perdido también es parte del camino
Quizás la parte más difícil de estos momentos es que no hay una narrativa clara que los sostenga.
No podés decir: “estoy mal por esto”.
Solo sabés que hay algo de vos que no está.
Pero a veces, perderse es una forma de volver distinto.
A veces, el silencio es el espacio donde algo nuevo se empieza a gestar.
Sin fuerza.
Sin claridad.
Sin rumbo claro.
Pero con una presencia nueva.
Una que no se parece a la anterior.
Una que todavía no sabés nombrar.
Y está bien que así sea.



